Adoración al Santísimo

 

Entrar en Comunión 
«
Tomen y Coman»
(meditación acerca de los discípulos de Emaús)

C

uando Jesús entra en la casa de sus discípulos, ésta se convierte en su casa. El invitado se convierte en anfitrión. El que ha sido invitado es ahora el que invita. Los dos discípulos que confiaron en el extraño hasta el punto de permitirle acceder a su mundo más íntimo son ahora conducidos a la intimidad de su anfitrión.

«Y mientras estaba con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio». Así de simple, de cotidiano, de obvio... y, sin embargo, así de diferente. ¿Qué otra cosa puedes hacer cuando compartes el pan con tus amigos? Tomarlo, bendecirlo, partirlo y dárselo. Para esto es el pan: para tomarlo, bendecirlo, partirlo, y darlo. Nada nuevo, nada sorprendente; pertenece a la esencia de la vida. No podemos vivir sin este pan que se toma, se bendice, se parte y se da. Sin ese pan no hay vida, no hay comunidad, no hay amistad, no hay esperanza... Con ese pan, sin embargo, ¡todo puede ser nuevo! Tal vez hemos olvidado que la Eucaristía es un simple gesto humano.

Cada vez que invitamos a Jesús a nuestra casa, es decir, a nuestra vida, con todas sus luces y sus sombras, y le ofrecemos el lugar de honor en nuestra mesa, él toma el pan y el cáliz y nos los ofrece diciendo «Tomen y coman, esto es mi cuerpo; tomen y beban, esta es mi sangre».¿Nos sorprendemos? ¿Es Jesús para nosotros un extraño? ¿Acaso arde nuestro corazón cuando escuchamos sus palabras?

 

L

a Eucaristía es el gesto más humano y más divino que podamos imaginar. Ésta es la verdad de Jesús: tan humano, y sin embargo, tan divino; tan cercano, y sin embargo, tan misterioso; tan sencillo, y sin embargo, tan inasible... Pero esta es la historia de Jesús que, como nos dice san Pablo, «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de sí mismo y tomó la condición de esclavo, pasando por un hombre cualquiera, y así, se rebajó hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Cf. Flp 2,6-8). Es la historia de Dios que quiere acercarse tanto a nosotros, de manera que podamos verlo con nuestros ojos, oírlo con nuestros propios oídos, tocarlo con nuestras propias manos, tan cerca que nada hay entre él y nosotros que nos separe, nos divida, nos distancie...

Jesús es Dios-para–nosotros, Dios-con-nosotros, Dios-dentro-de-nosotros. Jesús es Dios entregándose por completo, derrochando su vida por nosotros sin ningún tipo de reserva. Jesús no se guarda nada ni se aferra a lo que posee. Da todo lo que tiene a manos llenas: «Tomen y coman, tomen y beban, éste soy yo que me entrego a ustedes».

 

L

a palabra que mejor expresa este misterio de la total auto-donación de Dios en Jesús es comunión. Es que Dios no sólo quiere enseñarnos, o inspirarnos, sino que quiere hacerse uno de nosotros, quiere estar unido a nosotros, amándonos incondicionalmente; su amor es fiel.

A esta invitación de Dios podemos repetir, como san Agustín: «mi corazón estará inquieto hasta que no descanse en ti, Señor».

Dios desea la comunión, anhela esta unión vital e íntima. Esta comunión es amistad recíproca, no se trata de algo forzado, de algo obligado, Se trata de una comunión libremente ofrecida y libremente recibida. Y Dios llega hasta donde sea necesario para ofrecer esta amistad: se hace niño pequeño, naciendo pobre en Belén, se hace maestro que enseña las cosas de Dios, se hace profeta que anuncia la llegada del Reino, se hace pastor que cuida de sus ovejas y busca a las extraviadas, se hace cordero y entrega su vida en la cruz para que nosotros tengamos vida. Y al final, resucitado, triunfante, está aquí, mirándonos con amor, preguntándonos con ojos expectantes: «¿Me aman?, vayan y anuncien el Evangelio a todos los hombres»

Este intenso deseo de  Dios de entrar en una relación íntima con nosotros constituye el centro de la Eucaristía. Dios quiere ser el centro de nuestra historia, nuestro alimento cotidiano, quiere visitarnos en todo momento. Por eso Jesús toma el pan, lo bendice y nos lo da. Y en ese momento, cuando vemos el pan en nuestras manos y lo llevamos a nuestra boca para comerlo, entonces se abren nuestros ojos y lo reconocemos.

 

L

a Eucaristía es reconocimiento. Es darse cuenta de que el que parte el pan y  convida el vino es el mismo Dios que desea entrar en comunión con nosotros. Nuestros deseos más profundos sólo pueden ser colmados con el amor que brota del corazón de Dios y que se nos ofrece en cada Eucaristía.

Pero, hay una frase en el relato de Emaús que nos lleva a ver qué es la comunión: «lo reconocieron, pero él desapareció de su vista» Cuando están compartiendo la cena, el amigo ya no está presente; en el preciso momento en que reconocen a Jesús resucitado, su presencia se vuelve ausencia.

Es que ya no necesitan ver al maestro enseñar, curar a los enfermos, caminar junto a él. Cuando los discípulos comen del pan que Jesús les ofrece, ellos lo reconocen, comprenden  en lo más hondo de su espíritu que ahora Jesús habita en lo más profundo de su ser, que respira en ellos, que habla en ellos, que vive realmente en ellos. Y precisamente en ese sagrado momento de comunión, Jesús desaparece de su vista.

 

Señor Jesús, quedate con nosotros
Nuestro corazón está inquieto,
porque quiere descansar en tu amor.
¡Aquí estamos, Señor! Tras los pasos
de Miguel, sin reserva, sin demora, sin
volver atrás.
¡Qué vacío que está nuestro corazón
cuando tu luz no lo ilumina,
cuando vos no sos nuestro camino.
Hoy queremos alabarte, bendecirte, adorarte,
Danos la gracia de ser verdaderos adoradores,
En Espíritu y en Verdad, 
que escuchemos tu Palabra,
y tengamos vida verdadera.
Hoy queremos unirnos a tu Aquí Estoy,
A tu ofrenda de amor al Padre por nosotros.
Queremos ofrecer toda nuestra vida, nuestros sueños,
Nuestros corazones, nuestras manos vacías.
Nos unimos a tu ofrenda, a tu sacrificio,
Porque sabemos que toda nuestra vida es un don,
Un regalo.
Danos, Señor, tu amor y tu gracia. Esto nos basta.
Sólo tu amor nos basta.
No nos dejes solos... Quedate con nosotros.

[Adaptación de “Con el corazón en ascuas” de H. Nouwen]

  

 

Texto del evangelio: Lc 24,13-31

La aparición de Jesús a los discípulos de Emaús

                            Español                                                     Portugués

13  Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén.
14 En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
15 Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos.
16 Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.
17 El les dijo: "¿Qué comentaban por el camino?". Ellos se detuvieron, con el semblante triste,18 y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!".
19 "¿Qué cosa?", les preguntó. Ellos respondieron: "Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo,20 y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
21 Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.
22 Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro23 y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo.
24 Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron".
25 Jesús les dijo: "¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!26 ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?"27 Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
28 Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.
29 Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". El entró y se quedó con ellos.
30 Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.
31 Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

 

 

13 Naquele mesmo dia, dois deles estavam de caminho para uma aldeia chamada Emaús, distante de Jerusalém sessenta estádios.
14 E iam conversando a respeito de todas as coisas sucedidas.
15 Aconteceu que, enquanto conversavam e discutiam, o próprio Jesus se aproximou e ia com eles.
16 Os seus olhos, porém, estavam como que impedidos de o reconhecer.
17 Então, lhes perguntou Jesus: Que é isso que vos preocupa e de que ides tratando à medida que caminhais? E eles pararam entristecidos.
18 Um, porém, chamado Cleopas, respondeu, dizendo: És o único, porventura, que, tendo estado em Jerusalém, ignoras as ocorrências destes últimos dias?
19 Ele lhes perguntou: Quais? E explicaram: O que aconteceu a Jesus, o Nazareno, que era varão profeta, poderoso em obras e palavras, diante de Deus e de todo o povo,
20 e como os principais sacerdotes e as nossas autoridades o entregaram para ser condenado à morte e o crucificaram.
21 Ora, nós esperávamos que fosse ele quem havia de redimir a Israel; mas, depois de tudo isto, é já este o terceiro dia desde que tais coisas sucederam.
22 É verdade também que algumas mulheres, das que conosco estavam, nos surpreenderam, tendo ido de madrugada ao túmulo;
23 e, não achando o corpo de Jesus, voltaram dizendo terem tido uma visão de anjos, os quais afirmam que ele vive.
24 De fato, alguns dos nossos foram ao sepulcro e verificaram a exatidão do que disseram as mulheres; mas não o viram.
25 Então, lhes disse Jesus: Ó néscios e tardos de coração para crer tudo o que os profetas disseram!
26 Porventura, não convinha que o Cristo padecesse e entrasse na sua glória?
27 E, começando por Moisés, discorrendo por todos os Profetas, expunha-lhes o que a seu respeito constava em todas as Escrituras.
28 Quando se aproximavam da aldeia para onde iam, fez ele menção de passar adiante.
29 Mas eles o constrangeram, dizendo: Fica conosco, porque é tarde, e o dia já declina. E entrou para ficar com eles.
30 E aconteceu que, quando estavam à mesa, tomando ele o pão, abençoou-o e, tendo-o partido, lhes deu;
31 então, se lhes abriram os olhos, e o reconheceram; mas ele desapareceu da presença deles.

 

 

VOLVER