Mensaje de San Miguel

LO QUE DIRÍA SAN MIGUEL HOY

 

Permítanme empezar como terminé nuestro primer encuentro. Era una oración y será nuestro hilo conductor: “Dame un corazón que ame. Cree, gusta las cosas de Dios, corre, vuela en pos de nuestro Señor Jesucristo…” (DS 111) ¿Qué nos diría hoy san Miguel? Sólo lo que pedía para él: Ama. Cree. Gusta. Corre. Vuela. Y todo esto en pos del Señor de nuestros corazones. Pero volvamos a los verbos anteriores, tomémoslos en el orden. Más que para meditar son para vivir.

   

AMA

La última vez hemos dejado a san Miguel en un ardor de amor que decidió por el resto de su vida. Luego, lo hemos confrontado con nuestro propio deseo, no el deseo egoísta, tiránico, sino el deseo que nos une a lo mejor de nosotros mismos. Es el deseo que nos hace coincidir con Cristo, nos hace desplegar la inmensidad del amor dentro de los límites de nuestra posición (DS 237, 293, 312). Todavía una cita, pero más que una cita: un plan de acción, un programa de vida. El programa del Sagrado Corazón: en los límites de lo que soy, poner todo el amor del que soy capaz.

Al mismo tiempo, no hay de qué sonrojarse por ser limitado. Por supuesto, no soy el más alto, el más lindo, no tengo el cerebro de Einstein y el físico de Brad Pitt, no soy Madre Teresa para devolver su dignidad a todos los desgraciados. Es verdad. Es mi límite. Sin embargo, no debe ser un pretexto para la pasividad. No hay necesidad de ser Einstein para adquirir competencias, y poner la inteligencia al servicio de los demás. No hay necesidad de ser Brad Pitt para embellecer lo cotidiano con una manera de ser que prefiere la atención a la seducción, la acción a la ficción. No hay necesidad de ser Madre Teresa para amar a alguien, incluso a los menos amables, para respetar a cualquier hombre, incluso el último de los últimos y no resignarse a la injusticia y a la miseria.

Nada hay más necesario que amar al otro por sí mismo, “por la belleza de su ser interior, que no depende ni de las apariencias, ni del interés inmediato que se puede representar” (Juan Pablo II). No hay duda, amar no es adular al otro, sino revelarle su valor. Es manifestar, a quien encuentro, cuánta importancia tiene. A partir de ahí, el amor nos cambia y cambia todo. Cuando alguien descubre que es amado, se descubre capaz de amar. Nunca se terminará con este amor, inmenso, desplegado, y todo eso, no en lo abstracto o en las generalidades, sino en mi situación, con mi historia, mi personalidad, mis ocupaciones.

En los límites de tu posición, estudiante o joven profesional, a ti te toca poner la dosis de amor sin la cual el mundo sería más apagado y más triste. Si no lo hacés, habrás equivocado una ocasión de realizarte. Por favor, no dejes nada fuera de juego de tu existencia. Cuando se ama, todo es grande, incluso las pequeñas cosas, todo se convierte en sacramento del Padre. En su Hijo, no dudó rebajarse para elevarnos. Se hizo uno de nosotros, como nosotros, para enseñarnos a ser humanos con la mayor intensidad posible. Cuando uno va hasta el final de su potencial de verdad, de bondad, de justicia, entonces, se encuentra a Dios, se lo toca, se vive de Él.

Decime, ¿te sucedió estar totalmente junto a alguien que tiene necesidad de vos; de no poder frenar el impulso de tu generosidad; de haberte dado a fondo por una causa justa, con otros, y estar contento, como nunca? Seguramente que en esos momentos en que te olvidaste de vos, te entregaste a los otros, te encontraste a vos mismo, has conectado con la parte de Dios que hay en ti. Ama, es el Verbo encarnado, no nos ha dejado mayor mandamiento que éste: Amarás… amarás a tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12,30-31). Ama, sí, pero ama con un corazón de Jesucristo. Ama con un corazón ardiente, para que nadie muera de frío a tu alrededor.

 

CREE, GUSTA LAS COSAS DE DIOS

Pasemos a la segunda serie de imperativos. He tomado mi tiempo con el primer verbo, normal, puesto que es cuestión de amor y que todo parte de ahí, tanto la espiritualidad betharramita como la revelación cristiana en su conjunto: al “sin el amor no soy nada” (Cf. 1 Cor 13, 1), de san Pablo, hace eco el “si falta el amor, no hay nada que hacer”, de san Miguel (DS 112). Pero, ¿en dónde encuentra el amor su fuente sino en Dios? Cree, gusta, son los verbos que nos orientan y nos unen al Padre.

Al principio, hay todavía deseo. Cuando se sabe que la palabra latina desiderium tiene como raíz sidera, los astros, se ve mejor la relación con el Altísimo. En efecto, el deseo se refiere a lo que en el hombre apunta a las estrellas. En cada ser finito, hay ese movimiento hacia lo infinito. Este deseo sin límite atraviesa nuestra vida desde el nacimiento, como la señal de Dios en nosotros. Será la raíz de la fe y del gusto por las cosas de Dios. Se educa y se alimenta en la oración y en los sacramentos.

Creer, no es adherir a un club o a un código de buena conducta. Creer, es haber escuchado una palabra que dice: Te amo. Puedes perderte, puedes olvidarme. Yo, no te perderé y no te olvidaré nunca. Lo que es primero, no es tu fe en Dios, es la fe que Dios te tiene. Es el deseo de ese Dios que agradó hacerse amar. Te amaba desde el seno de tu madre, te ama desde toda la eternidad y por toda la eternidad. Es el Padre que cree en nosotros al punto de hacer de nosotros sus hijos en su Hijo bienamado.

De eso mismo se maravillaba San Miguel: ¡Cuánto me has amado, Dios mío! ¡Cuánto has hecho para que yo te ame, Dios mío!... Aquí estoy. Mi corazón está dispuesto, no me niego a nada que pueda probarte mi amor. ¿Qué quieres que haga? ¡AQUÍ ESTOY! (DS 89). De esta manera, la admiración lleva a la ofrenda, y el agradecimiento a la obediencia por amor - lo que se puede traducir en una formula famosa: Fiat voluntas Dei. Desde Cristo, sabemos que creer en Dios, es creer también en el hombre, y que amar al hombre, es ya amar y conocer a Dios. Creer, devolver amor por amor, ir por el mundo como testigos y servidores, no hay otro camino que lleve al Padre.

La voluntad de Dios está ahí y no en otra parte. Pero, ¿cómo discernirla, en dónde encontrar la fuerza para cumplirla sino en la oración? Ahí también, ojo: rezar no es reflexionar sobre palabras, es dejarse transformar por la Palabra. No es pensar en Dios - ¿se piensa en un amigo cuando se está con él? – sino que es ponerse bajo su mirada. No es repetir, recitar de forma maquinal, es impregnarse, interiorizar lo que es vital. Es retirarse a un sitio, temprano o al atardecer, como Jesús en el Evangelio, para un corazón a corazón con el Padre, para dejar gestar cada día un corazón filial y fraterno. A este punto, el creer alcanza el gustar. Gustar las cosas de Dios, como escribía san Ignacio, maestro de oración de San Miguel: No es el saber mucho el que llena, sino escuchar y gustar las cosas interiormente.

Si tu vida te parece insulsa, sin sabor, pide el gusto de las cosas de Dios. Ven a gustar la Presencia que despierta una vida más intensa y más libre, apaciguada, unificada. Recíbila especialmente en la oración personal, en la oración compartida, y en la Eucaristía. Gustá las verdades de fe para que gobiernen y encauzan todas tus energías, Entre tanto, con san Miguel, “rezo a Dios para que [te] dé el recta sapere – el gusto por la verdad y de la alegría del Espíritu Santo.” (DS 184)

 

CORRE, VUELA EN POS DE JESÚS

Sobre las alas del Espíritu, llegamos a la tercera parte del programa. Ama era una invitación y una pasión del Hijo. Cree y gusta, un llamado paterno. Corre, vuela, la respuesta del Espíritu. ¿Qué sería un amor sin actos? ¿Qué sería la fe, el gusto de Dios, sin las obras, y la primera de ellas, la obra maestra que cada uno debe hacer de su vida? Corre, vuela, se puede comprender como comprometete. No seas espectador de la existencia sino actor. No te quedes en el banquillo: salta al campo, haz equipo con el Espíritu. Pedile que te ilumine, te fortifique, te guíe. Corre, vuela, es el verbo conjugado por el Espíritu Santo, impulso vital. Es la puesta en práctica del aquí estoy: sin retraso – en seguida; sin reserva – todo entero; para siempre – hasta el final. Corre, vuela, es la respuesta al deseo más querido por san Miguel, a su sueño para todos los suyos (vos y yo): “Oh, si todo nuestro ser, nuestro cuerpo, y nuestra alma, tuvieran un solo movimiento para ponerse bajo la conducta del Espíritu de amor diciendo sin cesar: ¡Aquí estoy!” (DS 146).

 

¡Cuidado! Corre, sí, pero no en todas las direcciones; vuela, no es igual que andar en el aire. No es cuestión de derrocharse o de escaparse de la realidad. Corre, vuela en pos de nuestro Señor Jesucristo, esto significa: sigue el camino que siguió Él, el camino de humanidad, camino de cruz y de resurrección. En todo instante el Espíritu hace morir el viejo yo, y re-sucita en nosotros la fe, el coraje y la alegría. Entonces, sí, comprometete en tu comunidad, en tu parroquia, en tu barrio, comprometete en la Iglesia y en la sociedad, comprometete, empapate, Jesús va delante y te espera, el Padre te llama, el Espíritu te anima e impulsa.

Corre, vuela, sigue a Cristo, comprometete, claro, ¿pero en qué dirección? Cuando se tienen 15, 18, 21 años, la gran cuestión, es: ¿qué voy a hacer de mi vida? Elegir es siempre dejar de lado algo o a alguien. Las ciencias más bien que las letras. El trabajo de la tierra más bien que el trabajo de oficina. Verónica más bien que Valeria. Pedro más bien que Pablo, y todos los demás. La única diferencia entre este amigo que se ha casado y el que les habla, es que, él ha renunciado a todas las mujeres menos a una,  en cambio yo he renunciado a todas las mujeres.  Para él como para mí, como padre de familia o padre betharramita, hay fidelidades y afectos que vivir, en el respeto del otro. Pero es la misma vocación al amor y a la felicidad, en la diversidad de los carismas personales.

Poco importa lo que se hace desde el momento que uno se da totalmente. En todo oficio, en toda vocación, hay lo que agrada y lo que cuesta. Lo importante, no es hacer lo que me gusta, sino hacerlo todo con amor. Con la certeza interior que yo solo puedo aportar al mundo el componente de talentos y emociones que soy, esa manera única de actuar, esa manera bien mía de motivar y de hinchar, de andar, de perderse y de volver a animarse… Cuando se ha reflexionado, tomado consejo, rezado; cuando se ha reconocido su deseo profundo, liberado de miedos y de ilusiones; cuando se ha escuchado el llamado de Dios, cuando se ha pedido la ayuda de un acompañante espiritual, entonces se puede decir a su vez: aquí estoy. Aquí estoy no es sino una respuesta a Quien me ha amado  primero, a Quien me llama con todo lo que es. ¿Y quién es Él sino el Amor encarnado?

Aquí estoy, sin retraso, sin reserva, para siempre, decimos. Se trata, pues, de comprometerse de veras. Comprometerse, es siempre riesgoso. Pero no arriesgarse, es condenarse a pasar al lado de la vida. Comprometerse, es la condición para poner su energía allí en donde vale la pena, allí en donde soy esperado; en el matrimonio como en el celibato consagrado, sea cual fuere el estado de vida, tengo que vivir renunciamientos para mi propia realización. Querer ser todo, hacer todo a la vez, es el mejor medio para no decidirse. Darse a medias, por un tiempo, es optar por la serie B. Es falta de fe en sí mismo, falta de fe en los demás, no creer en el Dios Amor. Todo lo que hace que la vida valga la pena ser vivida, es para toda la vida.

Mis años de capellán universitario me enseñaron algo esencial: existir verdaderamente es ser con todas las fibras de su ser. No puede haber plenitud sin compromiso, y no puede haber compromiso sin fe ni don de sí. ¿Acaso no es la auténtica manera de amar? Y hay otra cosa, que tengo de san Miguel, y que hace a mi lucha y a mi alegría de cada día: como Maria, debemos dar lugar al Señor, recibirlo para llevarlo al mundo. Entonces, no es más nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestro espíritu, que se empeña solo: es la voluntad, y el espíritu y el corazón de Cristo en nosotros. Por eso los invito a rezar


(para rezar juntos)

Dame un corazón que ame verdaderamente.
Hazme creer, hazme gustar las cosas de Dios;
que corra, que vuele en pos de nuestro Señor Jesucristo. Desarrolla en mi corazón ese germen divino que es el amor. Dame un amor humilde y discreto, dispuesto a compartir la cruz del Salvador. Enséñame a caminar sin oponerme, Sin murmurar, sin inquietarme. Seguir a Jesús, esto me basta.
Dame un corazón que ame verdaderamente (B. Oyhénart, DS 111)  

(canto final) 

Dame un corazón, grande para amar /Dame un corazón, fuerte para luchar

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