Semblanza de San Miguel

ÉRASE UNA VEZ SAN MIGUEL

 

Me han pedido presentarles a san Miguel. ¡No muy original, para el representante del Superior general! Me han pedido hacerlo de manera actual, encarnada. Entonces ya es más complicado. He renunciado a contarles su vida. Ustedes ya la conocen, al menos en parte. Y además, no tiene sentido si no les doy unas claves para mejor vivir la de ustedes… Si quieren, los invito a acercarse a Miguel Garicoïts, en plena crisis de adolescencia y a la edad en que se toman las grandes decisiones -¿quizás como las que están viviendo ustedes?

“Esto es lo que sucedió un día a un hombre: en el ardor en  que se sentía consumido; se encontró con una tal claridad que le parecía arder totalmente y ser reducido a nada. Hacía falta que Dios atemperase sus ardores en él, para poder soportar esa claridad.” Escritos, nº 805.

Era un muchacho de catorce años. Un buen muchacho, al servicio de unos buenos campesinos. Era una boca menos a alimentar en su casa, y algún dinero para mejorar lo ordinario. Hay que decir que estamos en el sur remoto de Francia. La familia Garicoits tiene pequeños medios y gran fervor. Por la tarde, alrededor del fuego, se hablaba del diablo y de Dios, se hablaba mucho de religión entre gente de pocas palabras.

En Oneix donde lo mandaron sus padres, Miguel trabaja bien. Desde ese día en que había dejado las ovejas de su padre para tocar el cielo, Miguel sueña despierto. Había pasado el día corriendo por la montaña, quería alzarse al nivel de Dios; era pastor de ovejas, será pastor de almas. A tal idea, su corazón está ardiendo mientras repasa por el camino su catecismo. Pero cuando pide hacer su primera comunión, una vez más, el señor Cura le dice no.

Miguel no llega a comprender por qué Dios es bueno y hay que temerlo. ¿Por qué Jesús se ofrece en el compartir - tomad y comed todos - y lo tienen tan alejado? Morir hambriento al lado del festín. Esto lo sume en un abismo de perplejidad. La pequeña llama encendida en la montaña tiembla, vacila. Poco a poco pierde su alegría de creer y su alegría de vivir. No come, no duerme. Hoy, se hablaría en seguida de depre. Soy una nulidad. Nunca llegaré… Es cuando entonces la gracia lo envuelve.  

Un día que vuelve del campo, en plena oscuridad, Miguel se ve todo rodeado del sol de la felicidad. De repente, tiene dentro de sí un cielo tan azul que le parece haber tragado el infinito. Cuando era pequeño, buscaba a Dios en las nubes, por encima de él: normal, lo había aprendido de la boca de su madre, lo rezaba todos los días en su lengua materna – Padre nuestro que estás en el cielo (Gure Aita seruetan zarena) – con un sentido de lo sagrado que pone las distancias.

Y he aquí que la fe, la religión, Dios, no pasan por encima de su cabeza: todo está inscrito en él. Dios no es sólo pura trascendencia, inaccesible Estrella. Es Amor encarnado, experimentado, sentido en su propia carne. Amor tan grande y tan cercano, que ensancha el corazón, destraba la lengua, hace bullir el espíritu, el mismo efecto que los apóstoles en Pentecostés, pero no hay necesidad de vino dulce, ni otras sustancias. ¡Es el amor que es alucinante! Es la Vida que sube a la cabeza… hasta tropezar contra el cerco. ¿Fin del éxtasis? Quizás. Pero inmerso para siempre en el sueño de Dios. Iluminado para ser luz. Exulta, salta, el joven Miguel. Por fin, gracias a la famosa “cabezonada” (no como la de Zidane), Miguel recapacita, pero queda marcado de por vida.

¿Saben cómo llaman los griegos a ese chispear? – Entusiasmo, en-tusiasmos, que viene de en, en; teos, dios; y asthma, soplo. Se trata, pues, de dejar al soplo (al Espíritu), transportarnos, llevarnos a Dios. Más que inspirados, mejor que exaltados, dilatados por el Maestro interior tan querido por san Miguel. De ordinario, no se presta atención porque el Espíritu Santo se hace pequeño, trabaja en la sombra, como una mano invisible que fomenta en nosotros un fermento incesante. Y a menudo, vivimos en la superficie, en la apariencia. Y luego hay un vanidoso en nosotros que monopoliza la palabra, y que se llama yo. Y después, un buen día, el yo se rompe. No tengamos miedo de sus quiebres. A través de ellos nos viene la luz.  

Aquel día, pues, entre los pastos y la casa de los amos, Miguel estaba a rebosar de alegría, y se dio cuenta de que su euforia era sin razón. Si no había razón, había pasión. Oyó una voz que le dijo en lo profundo: Te amo. Así, “el amor (Dios-Amor) volvió a ser el móvil principal y como el todo de su vida.” (P. Etchecopar).

 

Desde que encontró al Maestro de nuestros corazones (otra de sus expresiones), Miguel Garicoïts ha cambiado mucho. Exteriormente, sólo ha crecido algunos centímetros, pero es increíble lo que ha crecido en su corazón, en su alma, en su cabeza. Para cada uno de nosotros es un poco semejante. Cada uno tiene sus pasos en el vacío, sus tareas cotidianas, repetitivas - no necesariamente el guardar las ovejas-, cada uno, tarde o temprano, se siente solo, con un deseo infinito, un deseo insatisfecho, un deseo de vida que no ha encontrado donde encauzarlo.  También, a cada uno, le llega este momento revelador,  pero que ha sido preparado por cada momento vivido, también por aquellos que no parecían tener sentido;  porque nada es vano, todo sirve para ahondar en nosotros el deseo, purificarlo y orientarlo bien. Antes sólo eras un muchacho de granja, un estudiante anónimo, un buen chico o chica insignificantes. Ahora, eres una criatura única, entre miles y miles. Tal paso está al alcance de todos, con una condición: sentirse amado y amar. Verdaderamente, siempre.

  

Los psicólogos llaman a esto una “experiencia fundante”: hacia la adolescencia, viene el disparador, el sentimiento de que la vida tiene un sentido, que somos un regalo de Dios, un talento a desarrollar. No estoy solo en mi vida. Hay Alguien que me ama. Alguien, Dios, que me da el gusto por vivir y la capacidad de amar. Decido aceptarme con lo que soy para volver a ser tal como Él me desea. No soy responsable de lo que mi pasado, mi ambiente, mi herencia han hecho de mí. Soy responsable de lo que hago con lo que recibí. Este es el punto de partida de toda una construcción personal. Las intuiciones, las convicciones íntimas resistirán a las dificultades. Los miedos se transforman en impulsos vitales. En lo profundo se instalan la alegría de una Presencia y la paz a pesar de las agitaciones. Todo es posible a Dios, contigo.

A partir de ahí, para Miguel, todo se encadena. La comunión, por supuesto, fijada para la primavera de 1811. Se diría un ángel, se extasían las parroquianas. Salvo que Miguel tenía los pies en la tierra, con un corazón bien dispuesto. Años más tarde, al repensar en todo esto, no sabía todavía el porqué de esa alegría en el camino de Oneix. Pero sabía por Quién. Tuvo la certeza interior que nada, ni las potestades ni las dominaciones, ni la vida, ni la muerte, ni los prejuicios de los otros, ni las amenazas del infierno, nada podrá separarlo del Amor de Dios. Mejor aún, nada podrá separarlo de Dios que es Amor.

De ahora en adelante, Miguel sólo quiere conocerle: no al Dios de los jueces ni de los filósofos, no al Dios justiciero y dominador, sino al Dios con el gran corazón; Él que renunció a su divinidad para hacernos más humanos; Él que ha pasado por la muerte para abrirnos a su vida; Él que desea nuestro aquí estoy, nuestra confianza en respuesta a la Suya. Toda la existencia de san Miguel estará dirigida por esta convicción que “la Iglesia solo revela a Dios a los hombres si aparece como el lugar del Amor, es decir, el Cuerpo de Cristo”. Pues el encuentro con el Señor, lejos de encerrarlo en un cara a cara sentimental, le empuja hacia los hombres de lleno. ¿Cómo se podría guardar para sí esta revelación que revoluciona la vida? ¿Cómo no buscar procurar a los demás la misma felicidad?  

Aquí toma forma el proyecto de san Miguel. En una Iglesia, presa de dudas y de divisiones al salir de la revolución francesa, Miguel tiene un sueño: Oh, si se pudiera reunir una sociedad de sacerdotes teniendo por programa el programa mismo del Corazón de Jesús… entrega y obediencia, sencillez, dulzura. Esos sacerdotes serían un verdadero camp volant (batallón volante) dispuesto en donde fueran llamados. En 1835, los primeros compañeros de Miguel Garicoïts dan un rostro y un nombre a ese sueño: serán los sacerdotes del Sagrado Corazón. Hombres, bautizados, religiosos según el Corazón de Jesús.

Me parece que los betharramitas no han nacido primero para predicar misiones, ni para dirigir colegios, ni para administrar parroquias, ni para hacer funcionar la Iglesia aquí y en otras partes - obras muy útiles, pero que vienen después: el hacer viene después del ser. Justamente, la razón de ser, la razón de vivir de los hijos de San Miguel, es poner al mundo en el corazón de Dios y a Dios en el corazón del mundo. Testimoniar, con toda su vida,  este Amor que sigue encarnándose en cada uno, que quiere evangelizar nuestro interior, y, de vecino en vecino, a toda la humanidad. Con ese fin reagrupó a sus primeros compañeros. Por eso dejó partir, hacia lejanas tierras, a los mejores.

En el primer equipo había un joven de 21 años, Jean Magendie. No había terminado sus estudios y ya era enviado con otros siete, más experimentados. Desembarcaron en América... historia que ya conocen, el inicio de nuestra historia en América. Es por lo que estamos aquí, para agradecer y proyectar, para ajustar nuestro deseo profundo al deseo de Dios,  para vivir nuestros sueños antes de soñar la vida.

Sin un pequeño pastor iluminado, sin las cuatro paredes de Betharram y los vastos horizontes del Étincelle, sin la aventura de aquellos hombres, sin sus dudas, sus combates y su generosidad, nos faltaría algo, y no sólo la alegría de esta concentración, que ya es mucho. Nos faltaría una vía de acceso a lo esencial: una alegría que no está en la posición sino en la disposición interior; una alegría que no nos viene de la posesión sino de la comunión fraterna, una buena noticia que nos hace crecer a medida que se la comparte; un corazón que ama porque se sabe amado, un corazón abierto al mundo porque enraizado en Dios.

Y no es todo: no está reservado a los “curas”; este proyecto, nos concierne a todos. El Amor, cuando es de Dios, te concierne. Sea quien seas, sea lo que hagas, te espera, te llama, te envía. No se tiene derecho a guardarlo para sí. O entonces se apaga y muere. El Amor, el verdadero, sólo vale si se comunica. Díganme, si todos nos pusiéramos a vivirlo, ¿cambiaría o no el mundo?

 

Ustedes van a decir: éste delira, no duda de nada. Para hablar abiertamente, menos seguro me siento, más confío en Dios. Como decía san Miguel: Dame un corazón que ame: Cree, gusta las cosas de Dios, corre, vuela en pos de nuestro Señor Jesucristo… (DS 111). Amigos, es tiempo de creer y de crecer. Es tiempo de gustar. Es tiempo de seguir al Señor. De más cerca.

 

 

PREGUNTAS para seguir el camino

- ¿Qué es lo que me impacta en la experiencia de san Miguel?
- Allí donde estoy hoy, ¿qué es lo que me pesa? ¿qué me hace avanzar? ¿qué hace mi alegría?
- ¿Cuál es mi imagen y mi experiencia de Dios? ¿En qué medida me hacen o no más vivo?
- ¿Qué quiero para mi vida? ¿Cuál es mi deseo profundo?

 

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